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Sesenta segundos William, sesenta.

29 abril, 2011
Debería ser yo

Con la seguridad que las fotos serían más lindas si yo estuviera en ellas

Crecí viendo a William o Guillermo, como quieran, solo que yo me creía muy bilingüe y por eso le decía Willy. Muy rubio, muy rozagante, muy sonriente y sobre todo muy príncipe. Siempre estaba con su mamá; una princesa de la vida real. Esa princesa que por su tranquilidad, belleza y carisma hizo que miles de niñas se llamaran Dayana, Diana, Dayan, Leidy, Leydi Dayan. Esa princesa que era querida solo por ser princesa. Una mujer de carne y hueso que encarnaba el sueño de todas: ser princesa.

Debe ser por eso que me enamoré de Wills. Lo veía en la televisión y suspiraba pues era el cuento de princesas y de hadas hecho humanos. El chico príncipe guapo era contemporáneo así que lo veía jugar, visitar hospitales, saludar bien elegante y sonreír mientras yo suspiraba por mi novio el príncipe guapo rubio de la televisión.

Lo amé y hasta sufrí junto a él la muerte de mi suegra princesa. Así como también me entusé el día que se ennovió con la Kate. Es que realmente hasta soñé con encontrármelo algún día y que me diera un minuto, solo uno, para conocerme, y si lograba el minuto, estaba segura que lo enamoraría. No sé cómo, pero estaba convencida que lo que necesitaba eran 60 segundos para que después viviéramos felices para siempre.

Pero todo hasta que llego la Kate y se enamoró y se olvido de mí. Pero como buena exnovia celosa que soy, pensaba que yo era más linda, que seguro yo era más divertida, que el sabor latino lo enloquecería, que lo enseñaría a bailar regetón y sería el fin de los fines para ella, que lo traería a mi pequeña ciudad y lo emborracharía con aguardiente, vallenato, cumbia y arepa de huevo y ahí sí seguro, con mis papas, hermanos, primos, amigos, mi súper sonrisa y mi súper pelo, tendría mi anillo de 300.000 libras. Así que seguía en pie mi teoría del minuto. Si me conocía la dejaba por mí, obvio.

Pero nada. Anoche por más fuerza que hice, por más mensajes mentales que le envié diciéndole que se podía arrepentir pues no era justo que se casara sin conocerme, se caso. Y así fue como la Kate, muy desabrida me lo quitó. A mí y a otras 3.000 millones de mujeres nos quitó el sueño de ser princesas de la vida real, de pertenecer a la realeza. De vivir en un castillo. De tener una boda de 50 millones de libras transmitida a 2.000 millones de personas y con un vestido de 20.000 libras. De tener que dejar de ser Mema o Princesa Samaria y ser “Su Real Majestad Princesa de William de Gales”. De dejar de jugar monopolio pues la familia real considera este juego como un vicio. De estar obligada a no hacer nada polémico y vivir controlada y además a la mira de los paparazzis. De dejar de comer mariscos porque como saben la familia real no come mariscos por miedo a enfermarse. Y así otras ostentosas y ridículas reglas que odio pero sería feliz de afrontar por el amor al príncipe o al hecho de ser princesa, lo que sea.

He intentado transferir mi amor al Harry y aunque me parece atractivo su pelo rojo y sus pecas, creo que entre él y yo no hay mucha química. Así que al parecer el cuento de princesa de la vida real se murió con ella, la Kate, que se me lo robo. Sin embargo, que quede atenta porqué la teoría del minuto sigue presente hasta que mis sesenta segundos los separen.

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4 Comments

  • Reply AdriFonsecaR 9 mayo, 2011 at 5:23 pm

    No necesitas a ese William, para ser la verdadera princesa llegará en su momento indicado tu William 🙂
    Además que este Willy se está quedando calvo o son ideas mías?

    • Reply princesasamaria 22 mayo, 2011 at 11:34 am

      Es cierto, tienes toda la razón querida. Te mando un abrazo fuertísimo.

  • Reply diana meza 23 mayo, 2011 at 5:33 pm

    algun dia llega el princepe

  • Responder a AdriFonsecaR Cancel Reply