Viajes

9 Días

20 noviembre, 2016

Misti coqueto

Después del aprendizaje en Huaraz, la ruptura del miedo, mis ganas de más y la atracción que hacía tiempo tenía por Bolivia, sin dar mucha vuelta tomé la decisión, investigué, hice la gestión, compré y me fui. Quince días para recorrer, ver y vivir lugares que sabía me llenarían el alma, me harían suspirar y reír. Una experiencia de esas que mi corazón, agradece. Me fui, como cumpliendo un sueño, de backpacker, Perú, Bolivia, un libro y yo. 

Cumpliendo una cita con el destino

De un momento a otro y de la nada se me ocurrió que para despedirme de Perú tenía que recorrer lo que me faltaba de este país -o sea, casi todo- entonces en menos de una semana hice el plan para ver algunas cositas de las que estaba antojada; el cañón del Colca, el lago Titicaca y (de ñapa pasar a Bolivia) el salar de Uyuni.

Así fue como me abracé a la idea de que era ahora o nunca y que el universo me había puesto el escenario, el tiempo, la energía, la necesidad y la valentía en sincronía perfecta. La única vez que viajé sola fue hace unos ocho años que me fui de Buenos Aires a Iguazú por un fin de semana. Bastante torpe y por lo tanto, cero preparada, llegué a un hostal pensando que iba a un cinco estrellas. Pero gocé, gocé impresionante. Así que, hacer 13 días sola, es todo un universo nuevo para mí.

Si bien haberme ido cuatro días para Huaraz conmigo misma y nadie más, antes de este viaje, fue un bonito calentamiento que me abrió el panorama y me regaló la certeza que necesitaba esta experiencia y que llevaba años buscándola carente de fuerza y de la valentía que se necesita seguía con miedito.

Pero se me hacía agua la boca cada que me encontraba con mochileros con los bolsillos llenos de países, las miradas llenas de experiencias y la maletas llenas de humildad. Cada que tenía algún contacto sentía un aviso, se prendía una alamar con muchos bombillos rojos y mucho ruido, sentía ganas, revelación.

Así que dejé mi miedecito y mis excusas. Saqué la fuerza de dragones que llevo dentro, le di alas a mi ansiedad de más, le hice justicia a mi deseo constante de verlo, sentirlo, tocarlo, olerlo y vivirlo todo y me puse una cita con mi destino. Fecha, día y lugar.

Organicé todo en un día y estaba lista para ver cómo era la cosa. A ver qué hay por ver, cómo soy, que tengo para dar y descubrir. Qué tienen los lugares para regalarme. Cómo yo esto se lo regalo a los que caminan junto a mi. Organicé todo, rápido y con el corazón en la mano, dispuesta y abierta a cosas buenas y bonitas. Orgullosa de mí misma, con sentimientos divertidos, plena y muy pero muy feliz.

Así que aquí estamos, con mi mochila rosa recorriendo lugares que son especiales pero lo son más si los comparto. Por eso, de mí para mí y de mí para ustedes, este diario de mi viaje que empieza hoy

 Día 1: ¿Lista? (Arequipa)

Empacar 16 días en mi backpack fue el reto de los restos. Más o menos quería meter una pinta para cada día, para las fotos obvio. Pero más o menos lo logré. Menos que más pero pues, me las arreglé, creo. No podía dejar de pensar que llevaba mucho y me iba a pesar o que llevaba poco y me iba a quedar corta. Stress.

Pasé por María que haría los primeros tres días conmigo y llegamos al aeropuerto. Justito antes de bajarnos del Uber, me mira y me pregunta; “¿y mi maleta?” a lo que confundida respondí “¿qué maleta?”. Me miró con suspicacia tratando de ver si era un chiste. “Te llamé al medio día y te dije que te iba a dejar mi maleta en tu portería para que me la trajeras”.

¡DEJÉ LA MALETA DE MARÍA! -explotamos de la risa-

Llegamos como unas locas al hostal; “Los Andes bed & breakfast”, un hostalito demasiado bien ubicado y con onda mochilera como me gusta. Inmediatamente salimos como locas tratando de buscar algún lugar donde encontrar lo necesario para María; o sea todo. Así estuvimos un buen rato, corriendo despavoridas porque estaban por cerrar las tiendas.

Cuando por fin nos relajamos salimos a recorrer la plaza de armas de Arequipa y esta resultó ser mucho más bonita de lo que pensé. La plaza -para mí- es más coqueta que la de Cujco y tiene el Misti lo que la hace aún más sensual.

Era tarde así que no la alcanzamos a ver mucho sino que nos fuimos a comer algo. Al pasar por El Museo del Pisco vimos que había música en vivo y un tris más de ambiente que en el resto de lugares. Acertada decisión. La comida deliciosa, los piscos creativos, diferentes y ricos. El lugar agradable, con una terraza al mejor estilo andaluz, la barra con botellas de pisco bien bonitas y un servicio muy bueno.

Pasado un rato, mientras nosotras brindábamos con entusiasmo por nuestro viaje, se nos acercaron unos chicos, nos invitaron un par de piscos y nos reímos como locos hasta las tres de la mañana.

Fue un bonito y loco inicio de viaje.

Día 2: Más torpe, imposible –Chivay

Al despertarme a las 6am empecé a entender que era la peor mochilera del mundo. Cogimos un cuarto solas en el hostal los Andes (está bien) pero ¿baño compartido? ¿Really? Ok, dejé las chanclas como para ir a ese lugar que no era mío, ni María sino de todas.

Luego comprendí que no era nada grave, que de hecho no nos importaba de la emoción absoluta que teníamos. Solo reíamos y reíamos de cada situación tan particular en la que nos encontrábamos.

A las 7am pasaron por nosotras. Sí, solo dormimos tres horas. Locas. Destruidas. Empezamos nuestras cuatro horas de camino para llegar a Chivay. El camino es absolutamente espectacular. Se ven volcanes, nevados, montañas, alpacas, vicuñas, verdes, azules, blancos y marrones en todas sus tonalidades. El cielo despejado y un paisaje seco y árido rico en belleza. Como puesto para que uno se sorprenda. Suspiré. Es como volver a creer en la magia.

El camino es todo. Paramos muchas veces y nos bajábamos del bus porque era necesario cerciorarse que tanta belleza era realidad. Es infinito y diferente a todo lo que uno ha visto. Es sorprendente y tiene la sensualidad de dar más de lo que uno está esperando.

Llegamos hasta los 4.900 msnm y se siente. Sí que se siente. Uno como que se ahoga. Como que todo cuesta dos veces más esfuerzo. Sin embargo por más sueño y cansancio que tenía, era incapaz de dormirme porque no me quería perder un segundo de esa vista.

Llegamos a Chivay a un hotel que incluía el tour. No teníamos toallas y como soy la peor mochilera del mundo y supongo pensaba que venía pues quién sabe a qué resort, salimos corriendo a comprar unas. Y unas chanclas. Y un saquito que tampoco traje. Ok y de paso unas pastillas para la altura. Shopping en Chivay. Nos moríamos de la risa burlándonos de nosotras.

En Chivay no hay absolutamente nada, así que ¡dormimos! Lo único verdaderamente llamativo es la forma de vestir de las nativas. Diferente a la que siempre vemos en Cusco y en publicidad. Estas son más elegantes con vestidos largos con detalles medio brillantes, tienen delicados bordados y colores sobrios. Van con un sombrero que tiene la parte de atrás recogida y brillanticos alegres. Divinos, un placer ver esas faldas largas y esos chalecos andando por ahí poniéndole dulzura al pueblo.

Relajadas pasando el soroche y el esfuerzo que implica respirar a esta altura, esperamos con toda la ilusión del mundo para salir al día siguiente a las 6am al cañón del Colca.

Día 3; Como el cóndor, vuelva Princesa
-cañón del Colca-

Decidí el Colca porque Shane, mi amigo irlandés, mi ejemplo número uno de mochilero que se ha recorrido medio mundo, me dijo que le prometiera que antes de irme de Perú lo tenía que hacer. Bueno y si él que ha estado hasta en la Conchinchina dice que es tremendo, me tocaba.

Pero realmente fue la primera vez que oí de este lugar. No conozco a nadie que lo haya ido a ver. Al contrario de Machupichu, Cancún, París o Nueva York, nunca hay fotos de este lugar en Instagram. Así que por más que trataba de imaginarlo no me lo imaginaba.

Salimos tempranito con la misma dinámica de parar en los lugares que se podía parar. Pero si de lugares para tomarse fotos se trataba no hubiéramos llegado nunca. Todo el camino el paisaje es basto y exagerado en belleza. Cuando empezamos a meternos en la inmensidad del cañón, las montañas se abren y se imponen ante uno, como si su único fin fuera recordarnos lo chiquitos, mínimos que somos. Bajamos por uno de los cañones más profundos del mundo y sonreímos mientras vemos los colores y su majestuosidad.

Llegamos a la Cruz del Cóndor e inmediatamente dijeron “hay un cóndor”. La guía del tour nos había prevenido tantas veces, una y otra vez, que era muy difícil verlos porque no era la época, que por la temporada de lluvia, que porque están en vía de extinción y que porque mil cosas más, que ya pensábamos que era un imposible.

Pero como la vida es bonita y es mi amiga, el sol salió radiante y este primer cóndor alzó vuelo muy coqueto ante nuestros ojos. Voló, se paseó y hasta fue a buscar a un amiguito para bailar con él. Y nos bailaron, se juntaron, se cruzaron, siguieron volando y se pusieron los dos juntitos en una piedra para posar para nuestras fotos.

Sonreí. Y mi corazón sintió paz. La vida nos habla de diferentes formas y yo he aprendido a escuchar; “vuela princesa, vuela como este cóndor que por más que te digan que algo es imposible nada lo es”.

Día 4; Dime con quién viajas y te diré qué tanto gozas –Arequipa-

La ansiedad de conocer y que todo salga bien me despertó a las 6am. Levanté a María sin otra intención de no ser la única despierta en esa habitación y recordamos apuntes del viaje que la hacían reírse de mí. Como que en vez de shampoo y acondicionador, empaqué dos shampoos. Como cuando le pedí a un tipo que nos tomara una foto y si bien no estaba haciendo nada dijo que “estaba muy ocupado”. Cuando perdí los calzones o de cuando volví a perder las chanclas que compré.

Salimos a recorrer Arequipa sin ningún otro rumbo que buscar comida. Dimos una vuelta tonta y volvimos a buscar el “equipaje” de María porque nos retractamos de desayunar y turistear tipo museos –que me aburren infinito- y nos fuimos por la idea de zamparnos un gran almuerzo típico.

Antes pasamos por el Mirador de Yanuhara a ver el Misti que es demasiado sensual. Está ahí todo el tiempo vigilante, dispuesto a que lo miren y lo contemplen. Pero como nosotros, unas veces se muestra, otras se esconde entre nubes. Unas se deja ver solo un poco y mientras otras veces se entrega con furia: entero y sin reservas. –ojo, aparte de esto y de la plaza de Armas, Arequipa como tal, no tiene más nada que ver, en un día se hace-.

Nos fuimos a una picantería tradicional -La Nueva Palomino-, y fue la verdadera experiencia. El lugar típico como con nueve ambientes y con una puesta en escena muy bien trabajada: los meseros engalanados con su mejor traje regional, valses nativos como música de fondo, frases, adornos y detalles vistiendo todo el lugar.

Ya es bien sabido que en Perú se come delicioso y Arequipa no podía ser la excepción. Nos trajeron un plato gigante para las dos con ensalada de quinua, chancho y chicharrón de chancho, rocoto relleno, pastel de papa, guiso de res y una chicha en tamaño gigante muy diferente a la chicha morada limeña. Todo estaba delicioso. Suave, con un sabor específico y bien único y particular, en grandes cantidades y muy disfrutable.

Salimos felices y tristes, era hora de despedirnos. María volvía a Lima mientras yo seguía abriéndome el camino sola. Nos abrazamos y algún chiste tuve que haber dicho para no ponerle sentimentalismos a la cosa porque –aunque no parezca- no soy de ese tipo.

La cosa es que al viajar con alguien hay que escoger con mucho cuidado a esa compañía. No hay que lanzarse a la primera persona que se anime. Les deseo una María como la mía: relajada, que dice sí a todo, burlona de los inconvenientes, cómplice para ver, sentir y hacer más, paciente ante caprichos, alcahueta de todo y sobre todo, caminando en la misma dirección a la hora de conocer, moverse, gastos, experiencias, retos y vida.

Porque más difícil que saber viajar es saber con quién viajar.

Pd; hagan lo que hagan, si llegan a ir a Arequipa, nunca, jamás de los jamases, así se los regalen, cojan el turibus.

Día 5: Solita también es cool –Puno, Titicaca-

Soy torpe, ya está claro. Llegué a la terminal de buses oronda y tranquilita para salir a Puno. Cuando me monté en el bus, se me acerca alguien que tenía mi misma silla. Imposible. Esa persona debía estar mal. Bueno, más obvio sería que yo lo estuviera y sí. Había comprado el pasaje pero para el día siguiente. Aplausos. Además calculé que el bus se demoraba 6 horas lo que haría que no necesitara hotel porque a las 630 salía el tour, pero realmente se demoró dos horas y media. No paraba de reírme de mi misma.

Logré irme en ese bus y llegar a mi tour y como estaba sola todo el mundo me miraba con ojitos de ternura y todos me querían adoptar. Y yo me dejo adoptar tranquilamente. De entrada la vista al lago Titicaca al amanecer hace que el corazón sonría. El cielo todavía oscuro, las nubes grises, muchos barquitos, los rayos del Sol reflejados en el agua, e infinito e inalcanzable.

Son varias horas en la lancha con una parada en una isla flotante de Uros donde viven solo de cuatro a cinco familias, ¿cómo hacen? No sé pero son tan felices que provoca agarrarlos a besos. Luego nos fuimos a otra islaAmantini. Aquí ya era íntima amiga de un alemán de 18 años que estaba viviendo en Cusco dichoso de la vida y de un par de señoras gringas que no dejaban de hacer chistes.

La vista todo el tiempo es de esas que hacen que algo dentro explote y te de satisfacción y paz. Increíble poder estar viendo esto, pensaba. Las nubes qué, le dije al alemán. Están como si alguien las hubiera puesto para que yo le tomara foto y guardara siempre en mi memoria.

Las dos horas de regreso en la lancha las hice con las estadounidenses que me mostraron fotos de sus hijos, el matrimonio de la hija, el nieto, me contaron de sus trabajos y sus viajes. Íntimas. Luego me fui con el alemán por una cerveza mientras me contaba que se le habían metido los ladrones en su casa de Cusco y se habían llevado todo y que había venido como voluntario para trabajar con niños.

Puno es feo y con ganas. Aparte del Lago, no hay absolutamente nada que ver. O sea nada. Por eso me fui muerta al hotel a escribir mientras meditaba eso, que qué bonito estar sola y verme en la obligación de conocer gente increíble. Poder oírles sus historias y analizar sus formas de ver la vida, robarme esa paz con la que andan por la vida, la alegría con la que reciben cada cosa, apropiarme de la capacidad que tienen de lo que para mí es molesto para ellos es normal, relajado y hasta rico, seguir algunas de sus recomendaciones y conocer el mundo desde los ojos de otros.

Día 6: A Copacabana

Hoy me desperté temprano, sin afán, me quedé acostada dimensionando y siendo consciente de lo que estoy viviendo. Los lugares que he visto y las emociones que he sentido. La gente que he conocido y la fuerza que he sacado. Debo profundizarlo para agradecer, continuar y estar abierta a más.

Hice todo lo que tenía que hacer: hablar con mi mamá, que una foto para una campaña, buscarcontactos, desayunar deli, empacar, ver cómo salir a Bolivia.

Cuando llegué a la terminal de transporte para coger mi “combi”, todo fue tan rápido -que cómo me voy, a dónde me bajo, a dónde me subo, que el equipaje, que tengo un billete grande, que cuánto me demoro, que súbase rápido que vamos a salir- que solo estando montada me di cuenta.

Me senté en el puesto de atrás. Juiciosa y tranquila. Con el rizo hecho, el pelo perfecto, la pestaña maquillada y la boca fucsia como si fuera a una fiesta. Solo faltaba el tacón -ojo, por la foto de la campaña-. Lo primero que siento es un olor penetrante, fuerte, invasivo. Arrugo la cara y pongo mueca de asco mientras abro la ventana sin miedo a que se me caiga el rizo. Miro a mi alrededor. Solo hay gente nativa. “Cholitas” con sus sombreros y sus faldas, una tras otra tras otra. Puede llegar hasta tener ocho faldas puestas. Sus ruanas. Sus chalecos. Sus delantales. Sus dos trenzas eternas y bien cuidadas. Y sus dientes, nunca completos, siempre llenos de coca. 

Dos horas de camino -más la espichada de la llanta- bien apretaditos pude analizar sus caras quemadas por el sol sin conocer nunca más cremas ni el maquillaje. Sus manos que cuentan su trabajo, de su distinta forma de vida y su nula vanidad. Sus miradas despreocupadas por lo material, por lo mundano y por el mundo.

Fueron dos horas de viaje acompañada de un paisaje que me mostraba imponente y los nevados que se disfrazaban de nubes, un terreno plano verde café vestido de flores amarillas. Un cielo azul absolutamente despejado, algunas ovejas, vacas y mini ovejitas y mini vaquitas. El Titicaca hacia sus apariciones fugaces con chispas plateadas.

Fueron dos horas de viaje entendiendo lo distorsionado y superficial de mi realidad en la que vivo, me rodeo y existo.

Fueron dos horas de reflexión para acercarme a la libertad.

Día 7: dueña y señora de mi destino -Copacabana-

La mayoría de cosas que he visto y hecho en este viaje han resultado una sorpresa y Copacabana no tenía por qué ser una excepción. La verdad es que llegué estresada porque el tipo de emigración de Perú no me quería dejar salir y me tuvo más de dos horas ahí haciéndome la vida cuadritos. Me decía que me devolviera.

Pero lo resolví, como en la vida, no todo puedo ser perfecto. Pero Copacabana sí. A mí me fascinó. Primero que todo mi hostal fue un gran acierto –La Cúpula, se llama- y queda arriba en una montaña donde se ve todo el Titicaca con sus barquitos rodeado de montañas felices y un cielo puesto para mi deleite. El hostal es blanco con un diseño arriesgado pero efectivo para la región. Tiene un restaurante deli y todo lo que uno necesite. Así que, como todos los pueblitos peruanos que había visto antes no me daban mucho pensé que este era igual por eso la sorpresa y las ganas de aprovecharlo. Así que me pasé el día relajada, escribiendo, trabajando y echada en una silla con mi vista consentida.

Como soy coleccionista de atardeceres me fui al cerro de las tres cruces a verlo allá. Más o menos media hora pa’ arriba y a esa altura pero nada, pensé que a estas alturas, la altura y yo nos llevamos muy bien. Valió la pena el esfuerzo porque el cerro está rodeado del Titicaca y la vista es más que encantadora.

Me senté y esperé. Mientras, conocí un par de brasileños que me contaron de sus vidas y nos hicimos amigos. El atardecer llegó con sus rosados a alegrarme el corazón. Estuvo tranquilo y calmado como mi día. Yo solo sonría incrédula de todo lo que estaba pasando en mi vida; veo atardeceres porque me da la gana cuando quiero y a mi ritmo.

Copacabana chiquita mi amor. Linda. El cerro de las tres cruces está rodeado de agua, los colores son cálidos, los barquitos desde arriba dan ganas de tirarles besos, la gente arriba toda tranquila sin afán de la vida solo a la espera de la puesta del sol.

Pasé por la iglesia como para ajá, ver qué o qué. Sin mucha fe porque realmente las iglesias por ese lado del mundo no es que sean wow. Pero esta loquita la sacó del estadio. Me fascinó. La entrada ya es diferente. Y adentro ni hablar. Es exagera y llena de detalles. Los vestidos de las vírgenes son llenos de drama y mil cositas. Es un recorrido que hay que hacer, aguanta mucho y vale la pena.

Bajé al pueblo y vaya sorpresa. Copacabana es un Taganga pero más ordenado. Lleno de baracitos cool, gente chevere y mucha onda. Viajeros, gente libre y loca. Me senté en un lugar hasta que quise y entendí que, qué delicia ser la dueña y señora de mi vida… Y DESTINO

Día 9

“A la sonrisa más linda de todo Copacabana le quiero desear un buen día. Te regalo este verso del poema amor de Pablo Neruda que dice así: Es más blanca su sonrisa, en ella ríe la luna, la estrella, el vino, la tierra que no muere, Todo el arroz saluda con su risa, Todo su pueblo canta por su boca.”

Tener este mensaje en el celular al despertar qué. Creo que nunca me habían escrito un poema. Me reí. El argentino emisor del mensaje había intentado invitarme a un trago las dos noches anteriores pero yo estaba tan en mí y tan en Copacabana que cualquier otra cosa estaba de más. Así que solo reí.

Desayuné deli en La Cúpula, el hostal donde me estaba quedando. Lindo, lindo, diez mil veces lindo. Con una vista al lago increíble, el restaurante más chévere, buen servicio, instalaciones abiertas, amigable, me encantó. A mi ritmo me fui a buscar en qué irme a La Paz. Me senté en el bus y sí, LOS BRASILEÑOS otra vez!!!! ¿Me están persiguiendo? Les dije en chiste.

Menos mal estaban. Para llegar a La Paz hay que cruzar un río, luego otra vez bus, luego taxi al hostal y nada, me dejaron ahí como a una princesita. Llegué al Loki hostal. Cool. Realmente cool. Lleno de gente y con toda la información necesaria al alcance. Me fui a hacer el walking tour y debo decir que muy pocas cosas de La Paz me sorprendieron.

Bonito las montañas que rodean la ciudad y la nieve que las corona. Divino y fantasioso que todavía por todas partes haya “cholitas” con sus faldas y sombreros reafirmando la cultura en cualquier esquina. Loquísima la calle de las brujas con las llamas bebes colgando esperando ser compradas para brujería. Así como mil menjurjes para encontrar el amor –no, no compré-, casarse, que la suegra se vaya, tener plata, buen sexo, etc. Fue tal vez lo más apasionante de La Paz. La tradición abierta y descarada de hacer brujería.

De resto, nada. Tanto así que busqué cuál era el lugar bonito para ir porque no me podía ir pensando eso de la ciudad y me fui hasta allá; a un restaurante Magik, bonito, sí, me comí una ensalada de quinua muy rica, me tomé dos tragos típicos parecidos al chilcano pero nada, nada especial.

Volví al hostal que ahí sí había una buena fiesta. Muy buena de hecho. Y con la divertida sensación de que la calle de las brujas es lo más cool de La Paz. Me pareció tan propio e irreal. Tan fantasioso y soñador. Tan único que pensé que era lo único que necesitaba ver para que me gustara esta ciudad.

Chacaltaya y Valle de la Luna

Como vi que no había nada que hacer en la Paz, me dirigí a la agencia de turismo del hostal y pregunté que qué podía hacer. Ellos solitos me dieron la recomendación y sin averiguar nada, me fui. Cuando paramos en recoger gente del hostal después del mío, sí, los brasileros. En serio, si nos hubiéramos puesto de acuerdo en tantas cosas, nunca lo hubiéramos logrado.

Antes de ir a donde quiera que íbamos que yo no sabía, el tour paró a que compráramoscosas (agua, chocolates, dulces de coca, lo típico). Con mis amigos decidimos probar las salteñas. Me privé de la felicidad. Que cosa deliciosa. Quería otra y otra y otra e infinitas. Son tipo una empanadas pero como jugosas, con una harina más dulzona. Hmnnnn.

Ya luego en ese bus subimos y subimos y subimos. No sabía que íbamos a subir tanto. Hicimos una caminata como de media hora y vaya sorpresa, llegamos hasta 5.400 msnm. Wow y mil veces Wow. El lugar es increíble, la sensación es de locos y la certeza que siempre se puede más es invaluable.

Chacaltaya es famoso por haber sido la pista para esquiar en la nieve más alta del mundo, pero nada, ya no tiene casi nieve. Pero ahora el paisaje es, totalmente diferente. Los picos de nieve  se ven a lo lejos, pero  en la inmensidad se ven los andes, y más montañas y más, y más… Bonita y alta sorpresa.

Al bajar el tour se dirige al Valle de Luna. Tampoco tenía idea qué demonios era ni había buscado en internet una fotico. Y me gusta así. No saber lo que voy a ver. Y esto fue bonito. Realmente se parece a la luna. Y es diferente a todos los paisajes de montaña y naturaleza y lagos y mares. Es raro. Son como ilusiones ópticas en arcilla. De figuras alargadas y raras. Pero bonitas. Hay que ir a verlo.

Uyuni

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