Viajes

Santa Marta

20 noviembre, 2016

Santa Marta

Empecemos por el comienzo. O por lo menos el mío. Aquí nací, aquí me crié, aquí vuelvo, de aquí me voy, de aquí soy. Santa Marta tiene mil cosas, pero llega un momento donde uno deja de verlas y se limita a lo cotidiano. Pero afortunadamente siempre está viniendo gente que nos saca de nuestros lugares comunes y nos arrastran a cosas bonitas que olvidamos.

Vino Daniel y volví al Tayrona. Tenía por lo menos cuatro años que no iba. Y siempre vale la pena. Hicimos la caminata de dos horas en medio de la selva, relajada y chévere –siempre y cuando no se coja ningún camino por la playa “para ver el mar mientras se camina”, no, no y no lo haga, es rudo caminar en la arena con ese sol-. Llegamos al Cabo y qué puede decir uno, bellísimo. El mar, las piedras, los colores azules son demasiado. Así se define Santa Marta. Tranquila, soñadora, azul.

Para mi gusto hay mucha gente y la entrada es desorganizada y carísima para los extranjeros, pero es lo que hay. El almuerzo en el Cabo, fue fatal, mejor los panes de chocolate y de queso que venden por ahí. Lo rico es quedarse a dormir porque es mucha caminada como para regresarse el mismo día. Pero es un lugar diferente y muy valioso. Selva, mar, rocas gigantes, cielo despejado, lagunas, todo en uno.

A Daniel también lo llevamos a Minca, a Pozo azul y le fascinó. Y a Bahía Concha que siempre es un acierto. Yo recomiendo siempre, además, Taganga y Playa Grande y Gairaca y si pueden Bonito Gordo. También recomiendan mucho Palomino. Supongo no por su playas porque son más rebeldes, sino por su onda surfera, con extranjeros churros y ánimo juvenil y medio hippie. A mí me encanta.

Lo más importante para comer en Santa Marta es un Cayeye, se puede conseguir en Burukuka, una ensalada de Chucho, Donde Chucho, una marquesa en Radio Burguer, un pulpo y una pizza en Ouzo, una arepa de huevo en pozos colorados, un coctel de camarón donde Juancho, unas lumpias en la Gran Muralla, una torta de Zanahoria en Oliva, un chocolate chip cheescacke en Elena. La Deriva en Taganga es una buena opción y unos traguitos en la Azotea o en Charlies así como una bailada en la Puerta –me fascina- y otra en el mirador.

Recomendaría una caminadita por la marina y ver el atardecer ahí o en el mirador de Taganga y suspirar y ser muy felices. Porque Santa Marta es bella y divina y dan ganas de suspirar!

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