Viajes

Cabo de la Vela / Punta Gallina

20 abril, 2017

Cerca pero lejos; Cabo de la Vela / Punta Gallina

El viaje al norte, norte muy norte de Colombia vale muchísimo la pena. Hace años lo quería hacer y si bien había ido hace siglos al Cabo de la Vela, a Punta Gallina, al extremo más norte de mi país, nunca había tenido la oportunidad. Porque entendí que viajar por lo nuestro es toda una sorpresa de las que lo llenan a uno de orgullo y felicidad. Hay que darse la oportunidad de recorrer, también, lo propio.

Estos lugares están llenos de extranjeros que atraviesan el mundo con los ojos puestos en nosotros y nosotros, pocas veces lo volteamos a ver. Por eso, porque soy inquieta y me encanta descubrir todo lo que tengo cerca y lejos, alcanzable e inalcanzable, mío y de todos, sencillo y extravagante, azul y arena, me apunté a darme una vuelta por lo que tengo cerca (no tan cerca).

Porque este paseo es espectacular, como una cajita de sorpresas. No se espera tener tantas y tan bonitas cosas. Desiertos, playas de colores absurdos, cultura guajira, langostas, islas, montañas. Un clima delicioso, flamingos muy rosados y muy lindos y de ñapa; gente extranjera abrazándose a lo nuestro más que nosotros mismos. La invitación es, abracémonos a lo nuestro, más que cualquiera.

Como no es nada fácil llegar (por lo menos a Punta Gallina porque eso es desierto y desierto y es muy fácil perderse) hay servicios turísticos que prestan el servicio de llevar gente. Yo me fui con Expotur desde Santa Marta y ellos se encargan de todo; transporte en unas 4×4 y alojamiento.

El camino es apasionante porque se pasa por Manaure y se ve la sal, se ven pueblitos guajiros y mucho pero mucho desierto. El contraste es precioso. El verde del mar con el azul del cielo y el amarillo de la arena y el oscuro de las piedras.

La primera noche la pasamos en una ranchería en el Cabo de la Vela (a tres horas de Riohacha). Hay que dormir en hamacas y con baños rústicos. La comida es deli porque es fresca, un pescao frito o una langosta es perfecto. Hay muchas escuelas para hacer Kitesurf y windsurf (lo tengo pendiente)

Al día siguiente fuimos a hacer el recorrido al Pilón de azúcar. Los paisajes ahí son para desmayarse. Se ve todo el Caribe en su esplendor. Es relajante y tranquilo. Silencioso. Con un viento deli. El atardecer es una puesta en escena llena de colores naturales que no parecen naturales.

En el camino a Punta Gallinas pasamos por las Dunas de Taroa, es el desierto. Mares y mares de arena amarilla que al llegar a la cima, PUM, nos deja ver el mar y el cielo juntitos, coquetos para nuestros ojos. Es sublime.

Luego llegamos a otra ranchería cerca a Punta Gallinas, ahí descansamos, y al día siguiente nos fuimos a la playa, hicimos un paseo en bote que nos llevó una islita y a ver el santuario de los flamingos y luego, nos fuimos al punto más septentrional de Suramérica, el famoso Punta Gallinas, que si bien no hay nada, solo arena, arena, una antena, un intento de casa, mar y piedras, el sentimientos de estar ahí es inmenso. Gozoso. Satisfecho. Orgulloso.

Yo soy cazadora de paisajes sublimes. Y este, además de ser de los míos, es de mis favoritos.

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