Amor

Dar el paso y brillar

23 mayo, 2017

Cada tanto siento que muero. Es una constante en mi vida. Me pasa cada dos años más o menos. Es como que el camino se torna caótico y difícil. Sin ninguna luz ni una pista definida que marque el paso. Y todo se vuelve confuso. Y todo desde este lugar del hoy y el ahora en el que debo vivir -pero algunas veces no logro-, se ve borroso. Indefinido. Y todo lo que viene, todo lo que puedo llegar a ser y todo lo que quiero, empieza a mostrarse impreciso e indeterminado.

Y yo muero. Me siento sin luz y sin ganas. Y sin saber para dónde echar a andar mis pasos. De repente me sumerjo en un viaje a la melancolía, al cuestionamiento enfurecido de mí ser, a la pregunta de cuál es mi norte y de mi papel en el futuro. Y me cuestiono mal. Que dónde. Y cómo. Y cuándo, obvio.

Y aunque no es cheveré, por fin, tantos años después, entendí que estas pequeñas grandes muertes, se tratan del miedo controlando mi vida. Siendo quien habla y controla y bloquea mis movimientos. Quien hacen ruido en mi mente. Un ruido tremendo y dañino. Llenos de desesperanza y desgano. Y bla bla bla. Ruido y más ruido. Y no me da espacio de escuchar la verdad. Los que mi alma grita. Lo que me conviene. Lo real. Puro bla bla bla, durísimo. Exigencias del ego.

¿Por qué no tienes esto y esto? ¿Por qué ella sí? ¿Cuándo vas a tener aquello? te falta esto y lo otro. Y drama y victimización. Y confusión. Y panorama y futuro negro.

Pero luego me doy cuenta de lo bonito y necesario que es morir cada tanto. Porque vuelvo a nacer en algún lugar mejor. Aterrizo como un águila en su presa y florezco. Con más colores y luz y fuerza. En un lugar mejor. Más del alma. Más enfocado y necesario para mi crecimiento real y emocional.

Y con el tiempo, ahora, he aprendido que soy yo misma quién me llevo a estos lugares trascendentales. Y dejo de culpar a otros. Porque si bien todas mis muertes son resultado de algún abandono, a mi nadie –ni nada- me ha dejado. Ni un amor ni un puesto (aunque esa haya sido la constante en mi vida).

Analizo y yo, antes que me dejaran, emocionalmente ya había dejado esos lugares y aunque no era capaz de aceptarlo ya estaba lista para lo que seguía. Aunque no veía inmediato lo que seguía. Pero lo que seguía siempre fue grandioso. Más de lo que estaba teniendo, más de lo que había soñado.

Y siempre fue igual. Todos se iban. Pero en realidad era mi miedo a soltar el que me retenía y mi incapacidad de ver y recibir lo que seguía lo que me causaba dolor. El miedo a mi misma. A lo que sigue. A abandonar el lugar conocido y seguro.

Pero siempre ha valido la pena perderme porque cuando me encuentro aparezco en un lugar mejor.

Hay que callar el ego. Hay que saber cuándo es miedo. Hay que detectar cuándo no son deseos del alma. Hay que conocernos. Permitirnos morir. Y morir duro (pero no mucho tiempo). Y luego dejarnos florecer. Florecer con toda.

Pero debemos eso, darnos permiso de avanzar. Y no tenerle miedo a eso tan cool y tan grande y loco que somos capaces de crear y que sigue.

Es hora de dar el paso, callar la mente y confiar. Porque es más tedioso quedarse sufriendo y estando aburridas en el mismo lugar que buscar la luz, y brillar.

You Might Also Like

No Comments

Leave a Reply