Amor

La vida tiene razones para ser caprichosa

25 julio, 2017

He entendido que la vida nunca es lo que queramos que sea, nunca, hasta que sepamos muy bien, más que bien, mejor que bien, lo que queremos que sea. Porque cuando estamos en nuestro centro y sabemos escucharnos, descifrarnos y confiamos más en nuestras vibraciones, instinto y pasiones, que en lo impuesto socialmente, no hay pierde.

Sin embargo, sucede que sin darnos cuenta nos auto soltamos las riendas, se las entregamos a otros e inevitablemente empezamos a recorrer caminos que no son propios. Comenzamos a frecuentar lugares comunes y situaciones usuales. Decidimos luchar, con toda la convicción del alma, por alcanzar metas impuestas, vidas ideales y el éxito estándar. Y nos dejamos llevar por formatos tradicionales, pensamientos establecidos y libretos repetidos.

Y no vamos dentro. No nos miramos. No nos tomamos el tiempo de revisar qué nos mueve, qué nos hace vibrar, cuál es nuestra verdad y dónde está nuestra luz. Cuáles son nuestras necesidades, qué nos llena el alma, dónde están nuestras sonrisas. No logramos diferenciar si lo que queremos es lo que realmente queremos nosotros o es lo que los otros quieren de nosotros. O si estamos viviendo la vida que nos han impuesto y exigido y nosotros la hemos adoptado con naturalidad como nuestra y no nos preguntamos si nos hace feliz. Y puede que sí.
Pero también, puede que no.

Nos da pánico escucharnos porque aparecen las verdades. Tememos cuestionar lo establecido, entender si queremos lo que todos quieren, si en serio nos hace feliz tener todo lo que hay que tener, ser como se debe ser y encajar a la perfección en lo establecido. Nos da terror ser auténticos. Le tenemos pavor a darle uso legítimo a nuestra libertad y le tenemos mucho miedo al miedo. Y por eso, vamos como caballos con los ojos tapados, logrando logros que nunca parecen logros y realmente nunca nos hacen saltar el alma.
Pasé tantas veces por ahí y dolió tanto e implicó tantas frustraciones, que solo desde este momento existencial, puedo entender por qué –algunas cosas- fueron tan difíciles e insostenibles. Por qué la vida parecía encapricharse en mi contra y no a mi favor. Por qué cada paso me costaba dos veces más esfuerzo y por qué acumulaba reveses y desengaños.

… pues porqué iba por el camino que no era ya que el que busca sustentar y alcanzar logros superficiales y no reales, siempre irá por el camino que no es.

Pero yo misma insistí en ello. Me impuse lo impuesto y firmé con sangre en mi alma lo que debía alcanzar. Todo, eso sí, según los estándares sociales de éxito y mi auto exigencia de encajar en el molde del triunfo que yo misma había establecido: una carrera seria (ciencia política, -wtf, no podía ser comunicación, por ejemplo, que me hubiera venido de mil maravillas-, porque ser politóloga implicaba más esfuerzo y tenía que demostrar –no tengo ni puta idea, a quién- que yo era pila). Y esa carrera -aunque la terminé- me mandó miles, o sea, miles de mensajes diciéndome que por ahí no era, que pilas, que estaba a tiempo. Pero yo insistí en mi pacto del éxito y lo sobre puse a mi felicidad y por eso, no me ha definido y no lo he ejercido.

Luego tenía que conseguirme un trabajo y que me fuera bien para alcanzar lo que seguía: una maestría, un carro, un apartamento y un marido. Y así lo fui haciendo. Me conseguí un trabajo y si bien en ese momento tuve mi primer acto disruptivo con los requerimientos existenciales pues tuve la claridad transparente de no querer un carro, ahorré para irme a hacer una maestría porque eso hace todo el mundo. Maestrias. Y si bien fue el año más feliz del mundo, otra vez, la vida me decía, que no y que no, que a mí no me gustaba estudiar, de hecho lo odiaba, y se ponía pesa´, y me ponía obstáculos y me lo hacía imposible, pero como yo tenía que tener una maestría para ser socialmente calificada y demostrar –otra vez, sabrá dios a quién- que era pila, insistí hasta que la conseguí. Y me gradué. Sí. Y fui infinitamente feliz, pero hoy entiendo que yo no quería hacer una maestría. Yo quería viajar. Irme como un alma libre que soy que no pertenece a ningún lugar ni a nadie y moverme. Pero tenía que tener una maestría, por qué, ¿quién se va por el mundo a viajar? ¿un año? ¿Y lo que seguía de mi auto imposición del éxito? ¿y el apartamento? Y la hoja de vida? ¿el trabajo de ejecutiva elegante con responsabilidades extraordinarias? Y el marido? Y los hijos?

Y volví a trabajar. Como una señorita de bien. Y hacía intentos de defender mi libertad e intenté saborearla y me negué con convicción arraigada al apartamento y al marido. La casa porque he tenido claridad en que no quiero endeudarme hasta la coronilla con un lugar que ataría físicamente mi alma libre que hace años no ha estado 365 días en el mismo lugar y más bien prefiero gastarme eso en viajes y experiencias, porque las paredes esas no me las llevo a la tumba y lo vivido sí. Y el marido, sencillo, porque siempre he estado convencida que yo no quiero alguien, yo no busco compañía, yo no necesito casarme, ni decir que me casé, ni alguien que me defina, porque es que yo siempre he querido el amor de verdad. Y he preferido esperarlo convencida que acelerada y mal casada.
Pero volvía, seguía tratando de alcanzar lo que me había prometido; el éxito, o sea, la ejecutiva con el súper cargo. Respetable. Que se me llenara la boca diciendo que había hecho esto y lo otro. Pero, mierda sí que he sido necia, por ahí tampoco era, no es, nunca lo fue. E insistí hasta el bendito cansancio. Y no entendía o no quería entender, que yo no estoy emocionalmente diseñada para una oficina. Que la lucha del día a día, con cierta gente y principalmente interna, era diaria, exhaustiva y criminal.

Pero tenía pánico, miedo físico y puro de auto decepcionarme. De no cumplir mis propias expectativas. Ni las de los que me rodeaban. Ni las de la vida. Y si bien no hay duda que gocé el entre tiempo, siempre encontraba decepciones. Vueltas tenaces. Derrotas. Negativas. Esfuerzo gigante. Imposibles visibles.

Pero siempre fue porque estaba buscando afuera. Compararme. Definí mi éxito según lo que había visto y no según mis convicciones y sin terminar de definir lo que soy. Y por eso era tan tenaz. Por eso la vida no iba conmigo. Yo la jalaba y la obligaba, pero ella me decía, vieja, no.

Por eso entendí que soy yo quién tiene que ir con la vida. Pero para ir con la vida tengo que re definirme y reinventarme desde mi esencia y mi realidad. Desde lo que me gusta, de lo que hago bien y desde lo que me hará imparable. Desde la comprensión a mi misma y la lectura honesta a mi alma. Desde la aceptación alegre de mis debilidades y construcción juiciosa y humilde de mis cualidades. Desde mi valentía que no le teme al miedo y se da las manos con el ego. Desde la libertad libre e infinita que tengo para elegir cualquier cosa que quiero ser –y las que no- y sobre todo, desde la autenticidad y transparencia de lo más profundo de mi alma.

Y para eso, para que la vida sea todo lo que yo quiero que sea, debo tener mucha claridad de lo que soy, lo que quiero, y lo que sueño. Con toda la sencillez y todas las complicaciones que eso implica.
Pero, ¿cómo la vida va a ser lo que yo quiera que sea, si no sé lo que quiero que sea?

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5 Comments

  • Reply Vany 26 julio, 2017 at 9:35 am

    Vida de mis vidas ♥ sencillamente, ¡GRANDIOSO!

  • Reply LP 26 julio, 2017 at 10:16 am

    Mucha consciencia, sinceridad con nosotras mismas, valentía para tomar decisiones (desde cambiar de carrera, hasta cambiar un hábito con respecto a como comemos o a los juicios que emitimos de otra gente) y lo mas importante… ir disfrutando y agradeciendo cadaaaa paso!

  • Reply Sue Strau 26 julio, 2017 at 12:24 pm

    Juepucha! Estoy en crisis y este escrito me lo confirma. Estoy perdida. Pero gracias por escribir lo que duele leer.

  • Reply Natalia 26 julio, 2017 at 6:20 pm

    Eres la más definitivamente

  • Reply Karen 4 agosto, 2017 at 11:10 am

    No sé hasta qué punto me identifico, y sin duda alguna me da miedo descubrirlo, saber que he invertido tanto tiempo en una situación que al final de cuentas puede que no sea lo mismo. Y creo que tratabas de Decirte a ti misma que eras pilas, que podías lograr lo que quieres.

    Gracias por tus escritos. Ojalá tuvieras un blogs de consejos. Creo que me serviría más que ir a confesarme. Jajaja

    Éxito. Amo lo que escribes.

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