Amor

A las solteras

3 octubre, 2017

Ahora que no soy soltera y miro desde otra distancia ese estado, siento más empatía que nunca, más amor que siempre y más compinchería que antes, con las solteras. Las entiendo tanto. Las quiero abrazar con tanto entusiasmo. Tengo tantas ganas que se calmen y entiendan su proceso, que corro a calmarles el alma.

Es que estuve tantas veces y tanto tiempo ahí, en ese lugar ingrato, la soltería, que el mismo estado me arrastraba a distorsionar mi propia realidad, a verme borrosa, a desconfiar de mi futuro y de mi capacidad de crear una relación del putas. Muchas veces no entendí lo que pasaba. Y hubiera dado mi humilde reino de las letras por entenderlo.

Hubo épocas duras. Nostálgicas. Otras que me sentía agotada literal. No faltó la vez que me rendí, la que brillé o en la que viví en oscuridad. La que no entendía y me cuestionaba todita entera o lo que entendía que era un proceso y un estado de conciencia. Había días donde dolía y parecía un defecto, otros donde lo cuidaba como mi mayor cualidad. Días donde quería salir con medio planeta y otros donde no quería ver a nadie ni en foto. Tiempos de dualidad, blanco y negro, cielo e infierno, diversión infinita, frustración cotidiana.

Obviamente, gracias y amén, la mayoría de las veces supe disfrutar mi soltería y jamás la hice mi enemiga, ni la desprecié ni tampoco la desperdicié. Más bien, siempre intenté aprovecharla, hacerme consciente que era parte del camino, que era un proceso, que existían razones por las cuales eso era así, que había lecciones que tenía que aprender, que me estaba preparando para el amor y sobre todo, que no era infinita.

Porque sí. No sería eterna. Siempre supe, con plena seguridad que el amor llegaría cuando tuviera que llegar. En el momento perfecto. Pero el momento perfecto solo se daría cuando yo estuviera preparada. En mi interior. Cuando hubiera recogido mis pasos y hecho la tarea minuciosa de analizarlos uno a uno y ver cuáles habían sido mis errores, dónde estaban mis debilidades y mis demonios y así, poder verme, débil y fuerte, amorosa y con miedos, libre y plena. Pero sobre todo, sin miedo a recibir. Dispuesta a tenerlo. Con el alma bien abierta para poder verlo y reconocerlo. Con mis partes amorosas sanas para poder entregarme. Y con la sabiduría elemental para poder cuidarlo y eternizarlo.

Y por eso decidí disfrutar mi soltería mientras durara. Porque sabía también, que el camino que me esperaba con el amor sería mucho más largo y no menos difícil, que el de vivir la vida a mi manera y conmigo misma. Por eso siempre dije que me quería casar a los 33, cuando los caminos recorridos junto a mí ya se estuvieran agotando y todo lo que quería hacer, ya estuviera hecho.

Y así fue. Fui tan amiga de mi soltería y de mi misma que me cumplí. Me fui fiel y leal. Hice cuanto quise. Gocé cuanto me nació. Experimenté lo que necesité. Fallé lo que requería. Me perdí lo ineludible. Y me estrellé, -pero cada estrellada la disfruté- lo justo.

Y como ya lo he dicho hoy entiendo que necesitaba dar cada uno de esos pasos que di para llegar aquí, a ese día donde lo conocí y mi universo hizo BOOM. Y se transformó y todo en mi interior y en mi espacio próximo se alineó.

Era muy, demasiado necesario haberme equivocado en mis elecciones para aprender a elegir. Tenía que haber dejado pasar a esos que me amaron con tanta furia pero en esos momentos no podía reconocer, ver ni aprovechar su amor. Tenía que haberme metido con los equivocados para aprender a descartar lo que no quería, ni merecía. Tenía que haber rumbeado hasta el cansancio para construir este amor tranquilo sin ese afán de fiesta y locura que mata de poquitos. Tenía que haber viajado y vivido en esos tres países que viví para hoy poder echar raíces tranquila a su lado sin ansiedad de perderme del mundo. Tenía que haber sentido e interiorizado la libertad para defenderla hoy. Tenía que haberme cuestionado tanto para reconocer mis fallas y comenzar aquel ejercicio de corregirlas para que él tuviera hoy una versión menos caótica de mí. Tenía que haberme cansado de los besos equivocados para entender que los únicos besos reales me los da él.

Y soy feliz de haber tenido tan larga, fuerte y viva soltería. Y me siento tranquila de haberla vivido. Y agradezco cada instante de ella y la abrazo porque todo lo que me dio fue tan loco y divertido y tan perfecto y tan en el momento que era, que la viviría de nuevo, con la misma inconciencia y con la misma conciencia después.

Así que, mis queridas amigas solteras, el mensaje es para ustedes, tener pareja no es la meta. Es solo una parte más del proceso que nos lleva a otra más. Porque cuando encontramos esa pareja tan anhelada, si todo sale bien, no solo más nunca volverán a tener esos tiempos de soltería, sino que empieza otra etapa, otro proceso, otro camino.

Y ese camino nuevo, el del amor de pareja, como todos los caminos no son solo rosas, corazones, suspiros y lindos paisajes. Tiene subidas y bajadas. Y se construye día a día. Y se elige. Y se trata de la elección de disfrutarlo y vivirlo plenamente. Como la soltería.

Disfruten su soltería. No es un karma. Es una bendición.

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