Amor

Al Niño Dioj

19 diciembre, 2017

Querido Niño Dios,

Ya sé que tenía siglos sin aparecer, pero sin juicios, amigo, había estado adormecida por la vida y ya sabes lo que pasa cuando eso pasa, empiezo a andar como un zombie y los días empiezan a pasarme sin yo siquiera reaccionar o intentar pasarle yo a ellos. No, no sé, ni idea a qué se debe. Supongo que producto de tantas cosas, que si sí puedo o no, que no estoy pudiendo, que más o menos, que dónde están las fuerzas que no las veo, que aparecen, que dejo que me las quiten y luego buscando la forma de auto devolvérmelas.

Sin embargo, aquí estoy. No, ni idea tampoco qué fue lo qué pasó pero está vez me dieron ganas, fue de un sopetón y así de sencillo: me dieron ganas de escribirte. A veces pasa, supongo. Y no creas que vengo aquí a pedirte demasiadas cosas, tampoco, cositas sencillas, poderosas y bonitas pero sencillas.

Pucha, me siento loca empezando a pedir sin agradecer por la manada de aprendizajes que tuve este año que se va y por los momentos increíbles y las subidas que fueron bien subidas y las bajadas que fueron aún más profundas. Pero sí, claro que agradezco porque todas me dejaron algo; gente, oportunidades, fuerza, conciencia y sobre todo, una nueva forma de ver la vida.

Pero seamos sinceros, querido, a ti, los niños, como yo, no vienen a agradecerte, de entrada, llegamos y te pedimos lo que queremos, así que, me voy a dejar de penas y maricadas:

Lo primero que quiero es buena onda. Que sea lo que sea que pase, que venga lo que venga el año que viene, quiero poder recibirlo con buena onda. Con ganas de seguir positiva, fuerte y sonriente. Que no pierda el norte ni se diluya en tanto ruido las señales que indican el camino a seguir. Básicamente, alegría para afrontar las dificultades y la misma alegría para afrontar las no dificultades.

Quisiera el súper poder de no perder la fe. La fe en mí. En mis capacidades. En mis cualidades. En mi fuerza. En mi luz. En mis colores. En mis sueños. En mis ganas de más y de grande y de lejos. La fe en lo que soy capaz, en lo que puedo lograr y quisiera alcanzar. La fe en lo que tengo, en mi intuición y mi sabiduría emocional. Para no dudar de mí y crear la vida que quiero. Fe en el amor. En la magia. En la amistad. En el mundo y en que todo, siempre, va a estar bien y mejor de lo que es y fue.

Y hablemos de fuerza. Fuerza para cumplir lo que quiero, para seguir sonriendo en cualquier situación, para ser luz e inspiración. Para no desistir y darle importancia a los murmullos alrededor. Fuerza para dar abrazos que sanen, palabras que motiven, frases que revelen y discursos que transformen. Fuerza para levantarme siempre con más fuerza, para que aun si aminoro el paso, no me detenga y los pasos sean cada vez más seguro, más fuertes, más determinados.

Y creo que no es más mi querido amigo Niño Dios. ¿Sencillo no? te lo dije. Lo que pasa es que si tengo buena onda, fe y fuerza, la vida me será loca, divina e imparable. Podré sonreír por todo, siempre, cuando sí, cuando no, porque haya razones, porque no las encuentre y porque lo elija cada día. Sonreiré ante mi misma y lograré seguir encendiendo almas con mi sonrisa. Y si tengo fe, no dudaré de mí, ni del universo, ni lo que viene, ni de lo que merezco, ni de lo que soy, ni de para dónde voy. Y la fuerza, amiguito, ya sabes, es la que me ayuda a sostenerme. A mí. A lo que soy. A mis sueños y a los que se acerquen buscando sostén.

Por lo tanto y con mucho cariño pido que me saques tiempito, que me pares bolas y que cada vez que puedas me mandes mensajes mostrándome que ahí estás, tú con tu magia, y tus estrellas, y tus colores, cumpliendo, cumpliéndome, cumpliéndonos.

Hasta una próxima Navidad de solicitudes. Hasta cada día que sé que estás, hasta siempre. Feliz Navidad. A ti. A todos. A cada una. A las de siempre. A los suyos. Al universo enterito.

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