Amor

Pequeñas enormes alegrías

18 abril, 2018

Hay diferentes formas de felicidad que por mucho tiempo minimicé, di por obvias o no reconocía como un privilegio de mi realidad, mío, de mi existencia. Detalles que parecían pequeños que nunca supusieron que los atesorara, resaltara o si quiera me hiciera consciente de su privilegiada existencia. Y es que siempre estuvieron conmigo en mi día a día, existen conmigo desde que existo y no solo nunca me habían faltado, sino que nunca pensé que podían faltar.

Levantarme bien, tranquila, sana y con buena onda. El café de la mañana con optimismo, el calentito en el alma con el abrazo de mi novio, la voz en el teléfono de mi mamá regalándome esperanza en mi misma, la fuerza inquieta poderosa de mi ser. Y más, mucho más; amarrarme los zapatos, sonreír, estornudar, ponerme tacones, hacer ejercicio, bailar, decidir cuándo hacer pipí, sentarme, levantarme sin ayuda, tender la cama, ir en un carro sin tener que acostar la silla, sentir todo el cuerpo, tener buen genio, andar sin dolor, palabras más, palabras menos: existir sin esforzarme.

Pero no era consciente. Así me estaba tocando vivir, y la primera alarma para saber que estaba perdiendo mis colores fluorescentes, fue ese día que mi novio me dijo “si, es que definitivamente tú no eres una morning person” y ahí mi mundo se me estrelló en la cara. ¿Cómo así? ¡Yo soy y siempre he sido alguien que se levanta feliz y energética! Pero no, por esos días no estaba pasando. La vida me estaba costando un montón y no me daba cuenta porque tenía todas mis energías concentradas en no sentir dolor y aún con dolor seguir mi vida como si no tuviera dolor.

La segunda alarma fue la quinta vez que estuvimos en urgencias y que fue la definitiva para mi primera cirugía de columna. Lo que había empezado como una hernia discal se había convertido en un “Sindrome de cola de caballo” (lo equivalente a un infarto en el corazón o a un derrame en el cerebro pero en la columna). Y mientras yo me quejaba del dolor y ni siquiera la morfina me hacía efecto y Jaime ya había pasado por hacerme chistes para distraerme, abrazarme, ayudarme, cambiarme de ropa y todo lo que pasamos, mi prometido, que en ese momento aún no lo era pero sabíamos que sería, me agarró las dos manos, me miró y mientras se le salían las lágrimas me dijo “no puedo, no puedo verte más así, alíviate ya, es muy duro verte así”.

La cosa se me seguía complicando y mis pequeñitas alegrías seguían siendo menos y menos pero yo seguía concentrada en llevar una vida normal, en soportar el dolor, en ser autosuficiente, en no ser una carga, en poder moverme. Pero nada.

La tercera vez que la realidad me explotó de frente también tiene que ver con mi boy, -obvio, si es con el que más comparto-; el bombón de mi vida estaba contándole a nomeacuerdoquién su estress y su miedo a que yo no volviera a caminar. Desde que me programaron, (también de urgencias mi segunda cirugía, sin haber pasado 6 meses desde la primera) hasta el momento de la segunda cirugía donde me reconstruirían la columna él se planteaba los peores escenarios y contaba que nunca lo decía para no darme más cargas ni sufrimientos, pero su dolor también estaba y era inmenso. Que le costaba verme con tantas dificultades y que su decisión, pasara lo que pasara, era quedarse recorriendo –como fuera- la vida conmigo.

Y solo hoy, varios meses después, me entero, atesoro y me abrazo, otra vez a mis pequeñas alegrías. Solo ahora, más tranquila, sana y con una perspectiva clara de la situación veo lo que no veía. Ahora que puedo caminar sin dolor, hoy que no tengo que hacer un esfuerzo mayor que yo para ser fuerte, hoy, que vuelvo a levantarme sonriente y puedo bailar mientras me cambio en las mañanas, hoy que solté todo ese esfuerzo y todas las energías en estar bien, puedo ver completamente AL SEMEJANTE HOMBRE QUE TENGO A MI LADO, hoy que le he perdido el miedo a estornudar, hoy… que mi vida está volviendo a ser la misma reconozco que nunca valore lo que se debe valorar hasta ahora y pienso que las diferentes formas de felicidad son tan pero tan sencillas que las dejamos de ver. Se nos pierden, se nos camuflan en nuestros caprichos y se dilatan en necesidades no necesarias.

Caemos en la cotidianidad, nos sumergimos en guerras internas tan bravas buscando alegrías en cosas triviales, superficiales, exteriores, comparándonos con los de al lado, que nos perdemos de lo verdadero, lo sencillo y con ello se pierde lo real y bonito de la vida.

Hoy, vuelvo a valorar mi sonrisa. Poder despertarme siendo luz. Tener un genio bacano y haber dejado de ser un pequeño ogro. Hoy, valoro mis días sin dolor, la esperanza esperanzada en mi misma, me abrazo y me alegro con mi nueva funcionalidad y sobre todo, recuperé, amo y me vuelven a alegrar mis pequeñas enormes alegrías.

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