Amor

VERNOS

20 septiembre, 2018

La hoja en blanco. Otra vez. Una vez más. Me mira. La miro. Casi que me reclama. Casi que me le hago la loca y la ignoro. Casi, solo casi, porque no puedo, siento su mirada casi que juiciosa, como si tuviera rabia conmigo por mi indiferencia. Como si quisiera salirse de su universo digital pasivo e inanimado, donde espera que alguien le de vida, significado, trascendencia, para decirme cosas, cosas feas y obligarme a darle una oportunidad.

Hace cinco meses que me siento, la miro, la abro, la cierro, me distraigo, la vuelvo a mirar y digo, no, hoy no. Hace días de días que me miro en el Word vacío y plano y me digo, pilas, hágale hermana, rellénalo, haz tu magia, ponle de ti, de tus letras, de tus colores y de tu gracia, y pues nada, escojo perderme en algo más. O en algo menos, según lo miremos.

Okey, lo voy a aceptar, posiblemente en algo menos. En cualquier actividad vacía y sin trascendencia como podría ser estar en redes sociales. El lugar más al alcance de mi alma que para evadirme. Para mirar afuera. A los lados. A la superficialidad. A las vidas que cuentan el día día de sus vidas. A sus falsas vidas. A la nada. Y con eso evado el tiempo para mí, para mirarme dentro, para cuestionarme, desafiarme y evaluar cómo voy.

Cómo voy yo con yo. Yo con la vida y la vida conmigo. Yo con la gente, la gente conmigo. Yo con mis sueños y los sueños conmigo. Cómo estoy enfrentando los días. Los buenos y los malos. Los días de derrota y los de alegría. Cómo me estoy moviendo entre mis miedos o si son los miedos que se están moviendo entre mis venas. Cómo estoy queriendo, cómo me estoy dejando querer o sencillamente, cómo caigo, una vez más, en evadir quereres y no dejarme amar.

Pierdo el tiempo para no desenredar los nudos que, de cuando en cuando, se van enredando y enredando en mis sentires. Evado el ejercicio mágico de mirar adentro para comprender, comprender el por qué de mis situaciones repetidas, el cómo prevenir los incendios que muchas veces logran carbonizar mis ilusiones y el cuándo resolveré todo eso que está dentro, ansioso por ser resuelto y que puedo resolver hoy, pero que nada que resuelvo.

Mamogallo viendo cosas que realmente no veo, no me aportan y posiblemente no me interesan para no sumergirme en lo importante: en el yo, en lo que no veo pero siento. En todas las oportunidades que hay en descubrir qué brilla dentro y qué me apaga. En cómo estoy andando en el camino del amor, cuándo el paso es firme y acertado y cuándo empiezo a perderme y a tambalear y empiezo a ir regu regu. Qué me falta o cuánto orgullo me está sobrando, por ejemplo. Cómo me estoy viendo en los ojos de mi amor o con qué ojos estoy viendo a mí ya casi marido.

Qué bonito es el ejercicio de mirarnos. De dejar de evadirnos y vernos. De analizarnos a través de nuestros propios ojos y de nuestra propia compasión y vernos. Ver lo bien y lo mal que va la vida y las vidas que van dentro de nuestras vidas. Vernos en los dolores y en las alegrías pero sobre todas las cosas, vernos para darnos siempre una nueva oportunidad.

La oportunidad que tenemos cada día, cada segundo -y que está al alcance de eso, de vernos y de una decisión-, de darnos otra oportunidad de hacerlo diferente y mejor. Una oportunidad más. Y otra. Y todas las oportunidades que sean necesarias.

Porque somos dueños de las oportunidades que nos damos. Del amor que nos tenemos y reconocemos para darnos otra oportunidad. Soberanos de la oportunidad de volver a hacerlo de nuevo. Corazones amorosos que se apuestan por sí mismos y vuelven a apostar por sí mismos.

Que no se pierda la bonita costumbre de vernos, y darle rumbos más sabios a nuestras almas.

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