Amor

No me estoy perdiendo de nada

7 febrero, 2019

Volví. Llegué. Estoy de vuelta a la realidad. Estuve cuarenta y cinco días de luna de miel. Cuarenta y cinco. Sí, ya sé, un montón. Un sueño cumplido. Un nuevo motor y una nueva inspiración para mí. Una meta por alcanzar, un nuevo comienzo, un nuevo sueño, un cambio de percepción del mundo, una nueva forma de interpretarlo y una nueva forma de interpretarme a mí en el mundo. Sentí la humanización del planeta, de la humanidad y de mi ser.

Recorrimos ocho países fantásticos, vivimos culturas absolutamente opuestas, vimos costumbres desconocidas, descubrimos sabores nuevos, tuvimos experiencias únicas e inigualables, conocimos gente inspiradora y volvimos con nuevas herramientas emocionales. Vimos lugares que nos quitaron el aliento, vivimos caos y orden, opulencia y pobreza y lo que más me impresionó: la fe, las creencias religiosas y la espiritualidad.

Viajar, para mí, es darle alas al alma, a los sentidos, a los sueños y a la razón. Desde que he podido he sido una viajera apasionada. Todos mis ahorros los he gastado en eso. Jamás he soñado con un carro, con una casa o con una cartera de millones. De hecho mi sueño siempre ha sido irme de mochilera un año. Y aunque este viaje tuvo algo de eso, mucho de eso, entiendo que mi maestría en España solo fue una excusa para irme a viajar porque no tuve los cojones en esa época de irme sola por el mundo. Y aunque fue el año más feliz de mi vida, sí, acepto que no tuve la valentía de irme a lo que verdaderamente me quería ir. En fin, la cosa es que todo, siempre, se ha tratado de viajes. Y lo he gastado en viajes. Solo con viajes porque he entendido que viajar me transforma, sacia mi curiosidad y me genera calma.

Me calma el desespero interno y constante que siempre habitaba mi pecho, sintiendo, pensando y sabiendo que hay mucho mundo y que me lo estaba perdiendo. Mucho por conocer, mucho por ver, infinito por recorrer. Y yo sin verlo. Y yo sin sentirlo. Y yo sin vivirlo. Y yo en el mismo lugar.

De hecho creo que esa carencia, ausencia o impotencia ha sido de las primeras causas de mis ansiedades. De mi vulnerabilidad: Lo que me estoy perdiendo.

Sin embargo, sí, dije el desespero que “habitaba” mi pecho. Que había puesto casa ahí. Vivía ahí. Habitaba, o sea, que ya no. Ahora solo pasa temporadas, cortas. Llega, me recuerda que hay mucho mundo que ver, mucho que aprender, mucho que hacer y me da mi mini ataque de ansiedad, y se va. Y no porque crea que con este viaje sienta que ya vi todo. Que es suficiente. Que estoy satisfecha. De hecho, todo lo contrario.

Al finalizar este viaje la ansiedad se produjo por volver. No quería llegar a lo mismo, a ver lo de siempre y vivir lo de todos los días. Quedé con ganas de más y me quedó claro que mi próxima meta es más mundo, más tiempo.

Sin embargo, la ansiedad, el miedo, el desespero por lo que me estoy perdiendo no está siempre. Se fue. Solo se presenta de vez en cuando desde que estoy con mi esposo. Con él siento esa tranquilidad desconocida y ahora muy nueva en mí, de estar donde debo estar. Viendo lo que quiero ver. Tranquila en mi aquí. En mi ahora.

Que si bien siempre hay cosas para mejorar, que en mi individualidad hay cosas por lograr, metas por alcanzar, nuevos retos, carrera por construir, letras por escribir, silencios que analizar, mi voz para usar: el presente está bien. Está rico, seguro, tranquilo y sobre todo: sé que todo va a estar bien.

Porque aquí y ahora hay un mundo que cada día disfruto, que cada día construyo, en el que cada día sueño, me expando, aprendo, y amo. Mi propio mundo que disfruto recorrer. Mi universo que hace le da piso a mi yo, a la mujer que soy, que estoy construyendo y quiero alcanzar. A la que tiene ganas de volar y al mismo tiempo se abraza al amor como forma de compañía y apoyo incondicional.

Feliz, entendiendo que no me estoy perdiendo nada.

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